miércoles 20 de agosto de 2008

Universo 13

Sopa de miso caliente.

Pasear por el parque le resultaba siempre muy relajante. Su mente se evadía de lo cotidiano, de la rutina. A veces incluso se abstraía hasta el punto de no saber donde se encontraba, y cuando un bocinazo o un frenazo inesperado le devolvían a la realidad era como salir de un profundo sueño.

Su mente en estos momentos de evasión saltaba entre recuerdos del pasado o deseos del futuro. Los viajes por el pasado solían ser tristes y solitarios, recuerdos de amores perdidos o de oportunidades frustradas. Las raras incursiones en el futuro eran golpes de brisa de mar, adoraba el mar, propósitos casi siempre no cumplidos pero esperanzadores al fin y al cabo.

Esa mañana, sumido en sus divagaciones su paseo le llevó al mercado del barrio. La mayoría de sus paseos solían acabar en lugares que le resultaban agradables, y el mercado era de sus favoritos. Sin pensarlo entró y fue dirigiéndose uno a uno a sus puestos de costumbre. Compró verduras, algo de carne y bastante fruta.

Tras realizar las compras habituales, continuó con el paseo por el antiguo barrio volviendo pronto a sumirse en su mundo de recuerdos. La mañana era fresca a pesar de estar pasando por un verano especialmente caluroso, todo apuntaba a que tendrían otro día de mucho calor, pero por ahora la temperatura era agradable. Ralentizó el paso para alargar un poco el camino que le quedaba hasta casa. Se cruzó con un par de vecinos a los que ni siquiera vio, y que le dedicaron sendas miradas de reproche. No era muy popular en su comunidad, más bien al contrario, sobre él circulaban todo tipo de rumores, cotilleos y críticas. En su bloque la mayoría de vecinos eran ancianos o matrimonios con muchos hijos. Un hombre de treinta y cinco años, soltero y con fama de juerguista taciturno y mal humorado no encajaba.

Cuando llegó al portal, intentó sacar las llaves del bolsillo sin soltar las bolsas, y la mayor parte de las verduras acabaron rodando por el suelo del porche. Una vez recogidas todas las damnificadas hortalizas, abrió la puerta con cara de perro y subió al trote las escaleras. El apartamento estaba en penumbras como casi siempre, alguna vez, cuando no le quedaba más remedio, abría todas las ventanas de par en par para ventilar la casa, cosa que no ocurría muy a menudo. La televisión estaba encendida, con un canal de cine clásico que era casi lo único que veía. Cary Grant y Katharine Hepburn corrían por un jardín persiguiendo a un leopardo al que llamaban baby cantando una absurda canción. Pasó a la cocina ordenó la compra de forma meticulosa, la cocina era la única parte de la casa que estaba perfectamente ordenada y limpia. En el dormitorio se desnudo tirando la ropa encima de la cama y entró al baño. Le encantaba ducharse era algo que hacía de forma compulsiva y mucho más en verano. Casi siempre perdía la cuenta de las veces que había pasado por la ducha a lo largo del día.

En la casa podía oírse un zumbido constante de ventiladores, al menos tres ordenadores permanecían encendidos constantemente. Se acercó al portátil que había dejado en la mesa baja del salón, en la pantalla apareció el procesador de textos con trescientas veintitrés páginas escritas. Trescientas veintitrés páginas que consideraba basura, a pesar de llevar varios años como escritor, a pesar de amar la literatura, a pesar de haber ganado mucha pasta con su primera novela, su trabajo le asqueaba. El aprecio de la crítica, de los medios de comunicación, de sus fans, le provocaba arcadas. Cogió del suelo al lado de la mesa una botella de Johnnie Walker y la vació en un vaso sucio sobre la mesa. El trago le revolvió el estomago y le puso el vello de punta, el alcohol caliente a las diez de la mañana solía tener ese efecto. No era un alcohólico, al menos él no se consideraba como tal, pero si era un bebedor bastante habitual. No solía emborracharse pero si alcanzar un estado de embriaguez que denominaba el parnaso del escritor. Sus novelas eran consideradas un soplo de aire fresco, de modernidad, intimistas y muy “cool”, una basura para postmodernos y culturetas en su opinión. Se había convertido en un gurú de la literatura y en el fondo era culpa suya, por ser un escritor pretencioso y ególatra. Ahora odiaba todo eso, pero le daba de comer y le pagaba todos sus absurdos caprichos. Muchas veces pensaba en que algún día mandaría todo al carajo, pero sabía que le gustaba demasiado la buena vida como para tirar por la borda su éxito y su dinero.

Escribió un par de horas haciendo tiempo hasta la hora en que empezaba a preparar la comida, era uno de los mejores momentos del día, disfrutaba mucho con la cocina, pero luego a penas comía. Adoraba sobre manera la cocina japonesa. La admiración por el estilo de vida y la cultura del país nipón le atraían desde niño, y en cuanto empezó a desarrollar un interés por la cocina una cosa llamó a la otra. Así descubrió la sopa de miso, un plato sencillo, de fácil preparación y bastante de moda en occidente. La preparaba casi a diario y la tomaba con cualquier cosa. Estaba muy enganchado a la sopa de miso, para él era uno de esos pequeños tesoros que se encuentran en la vida y que guardaba con recelo. Su receta era algo sumamente secreto que nunca había compartido con nadie. A pesar de que elaborar una sopa de miso no tiene mucho misterio, era tan estricto con las proporciones y con los ingredientes que había llegado a desarrollar una auténtica formula secreta. Rara vez tenía invitados, pero si su editor o su madre alguna vez pasaban por casa tenían asegurado un tazón de sopa quisieran o no. Cuantas veces había soñado con ser el dueño de un pequeño restaurante en algún barrio a las afueras de Tokio y que la gente hiciera cola para probar su sopa de miso secreta. Algún día cuando fuera un viejo escritor cascarrabias considerado una eminencia como literato, con tanto dinero que ni supiera cuanto tenía, abriría ese restaurante, sería algo muy divertido.

Acababa de terminar la sopa y sonó el teléfono, lo encontró debajo del sofá de la “sala de lectura”, una habitación llena de libros que olía a cerrado y a polvo. Cuando colgó después de hablar con su editor pensó que quizás abriría ese restaurante antes de lo que creía, le habían propuesto para recibir el Premio Nobel de literatura. Mientras volvía a calentar la sopa se descubrió pensando en como sería interpretar el papel de Paul Newman, como escritor aficionado a la bebida, mujeriego y caradura en la capital de Suecia. La sopa ya estaba caliente, como a él le gustaba, no había nada peor en la vida que una sopa de miso fría.

miércoles 21 de marzo de 2007

Universo 12

Hibernación.

PRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR...
Clic...
$ Iniciando sistemas
$ Preparando la fase cognitiva
$ Ondas cerebrales activas
$ Hola Doctor Marshall

Umm, ¿otra vez?

$ Iniciando funciones pulmonares
$ Iniciando funciones cardiovasculares
$ Fase ocular

Uh, luz. Duele. Nunca me acostumbraré a estos despertares. Computadora, inicia los sistemas de consultas médicas. Y por favor prepara un informe de la situación actual.

$ Preparando estadí­sticas
$ Conectando con las bases de datos médicas
Clic
$ Descongelación, 75%

De vuelta a la vida. Computadora ¿años desde la pandemia?

$ 462
$ Fecha: 1 de Enero
$ Hora: 0:02

Joder, cuatrocientos años. ¿Cuántos desde la última vez?

$ 150
$ Conexión con bases de datos... Activa
$ Estadí­sticas... Listas

Sorpréndeme. ¿Vacunas posibles? ¿Avances médicos?

$ Vacunas concluidas: 0
$ Avance hacia una posible vacuna... 55%

Mierda, dame alguna alegrí­a. ¿Población actual y número de humanos?

$ Población aproximada: 103.723 formas de vida
$ Humanos: 5302

Cada vez menos, pero la cifra parece que se va estabilizando. ¿Estaremos ante el fin de esta pesadilla? Computadora ¿Dí­as de vida sin asistencia y sin hibernación?

$ 413

Cof, cof. ¿Posibilidades de encontrar una cura en ese periodo?

$ 33%

¿Qué recomiendas? cacharro.

$ Nuevo periodo de hibernación hasta alcanzar el 75% de probabilidades de obtención de una vacuna efectiva.

Tu mandas maldita sea. Nunca saldré de aquí­. Pero quiero que sepas que algún dí­a me la tendré que jugar, tendré que salir, volver a las investigaciones, aunque el precio sea la vida. Pero acaso puedo llamar a esto vida. Computadora, inicia la hibernación.

$ Parando servicios activos
$ Iniciando fase de hibernación
$ Duración estimada: 500 dí­as

$
$
$
$ Feliz año, Doctor Marshall

Universo 11

Cacería.

El aire frío congelaba sus pulmones. El bosque le gritaba, estruendos de nieve que llegaban a sus oídos procedentes de cualquier dirección. Las huellas se diluían delante de sus ojos, apenas podía seguirlas. Difusas pisadas de fantasma, que se desdibujaban en un par de segundos sobre el manto blanco. Sólo su vista y su experiencia le ayudan a no perder el rastro. No puede oler a su presa, el frío es tan intenso que no consigue hacerlo a pesar de tener el viento a favor.

A penas ha amanecido, el resto de la partida a desistido y han vuelto al poblado, el no puede rendirse, su hijo necesita comer o no aguantará este invierno. El invierno más crudo desde hace décadas.

Aprieta el paso y siente mil alfileres morderle las piernas. Como pequeñas punzadas de hielo, gritándole que se detenga. Pero algo le impulsa a seguir, unos pasos más y encontrará un claro y en medio el joven ciervo habrá parado para recuperar fuerzas. Por más que avanza no encuentra ningún claro y las huellas cada vez son más difíciles de seguir.

Ni insectos, ni aves, ni ruidos, sólo vaho y nieve. Cuando le resultaba casi imposible el pensar en dar otro paso, cuando el extenuado guerrero en otros tiempos orgulloso e indomable, estaba al borde de la desesperación, un claro se presentó ante él, y en su interior un ciervo parecía observarle en silencio. Los ojos vidriosos del animal estaban clavados en los del cazador. El silencio sobrecogedor, acompañaba a hombre y animal, sumiéndoles en una atmósfera mística. La escasa luz bañaba el claro, los árboles como grandes columnas de mármol custodiaban al cazador y a su presa.

Extrajo lentamente la hoja helada de su funda de piel, el ciervo parecía entender lo que pasaba y aun así no se movió. Los ojos vidriosos no se separaron ni un momento de los del hombre, alto y de cabellos oscuros, que se acercaba. El acero provocaba destellos al balancearse. El ciervo comenzó a temblar como si adivinara lo que iba a suceder, sin embargo no parecía temer al cazador, era como si esperara algo. Este último pensamiento alertó al experimentado apache.

Del interior del bosque, una sombra enorme se abalanzo sobre el ciervo, pero como si supiera todo lo que iba a ocurrir, este se aparto ágilmente, dejando al cazador frente a frente con un enorme oso grizzli. Sin dudarlo ni un instante el desesperado indio saltó hacia el oso levantando el cuchillo sobre su cabeza. Muchas veces el cazador se convierte en presa, pero si había llegado hasta allí no era el momento de rendirse.

Más tarde cuando contara su historia arropado por pieles en el calor de su tipi, juraría que mientras asestaba al oso la brutal puñalada, pudo ver por un momento como el ciervo miraba con atención sus movimientos, con la certeza del que está seguro de lo que pasará. Y que una vez que el oso yació sin vida en el suelo, suavemente se deslizó sobre la nieve dejando el claro, hasta el que había conducido al cazador. El sol lo invadió todo y la magia que lo envolvía desapareció.

Universo 10

Almas gemelas.

Indeterminado es el tiempo, escondido el lugar
pueden pasar varias vidas, eones de eternidad
solo Él sabe cuando la vas a encontrar.

Tu alma gemela te espera
una mirada a los ojos debería bastar
lo que Él ha unido, nadie lo separará.

Nadie decide cuando ha de llegar
el momento, el tiempo, la inmensidad
cuando tu no eliges a quien puedes amar.

Si dos almas gemelas se encuentran
nadie podrá separarlas, ni alcanzar a tocarlas
perdidas sin verse, sin tenerse
presintiendo cada instante, cada mal trance
unidas en la distancia y en la adversidad
aunque pasen eones de eternidad.

Universo 9

Malo.

Ira, odio y dolor. Mi fealdad no se podía ocultar, a pesar de que mucha gente me admiraba por mi belleza y por mi dinero, por dentro algo estaba podrido. Con tres años tiré contra la pared de la cocina el hámster de mi hermana, y a mi madre le quedó una mancha feísima. A los diez años, durante el banquete de mi comunión prendí fuego al pelo de la abuela Almudena. Hasta aquí todos lo consideraban como travesuras de crios, pero la cosa no cambió. En la pubertad lejos de apaciguarme, me hice más salvaje. Los cambios de colegio estaban a la orden del día y las peleas eran algo cotidiano. Mi madre había engordado 15 kilos y mi padre se había quedado calvo y estaba claro quien tenía la culpa.


Con quince, empecé a formar mi banda y por donde pasábamos cundía el pánico a pesar de nuestra corta edad. La fama nos alcanzó tras robar la máquina de pimball del bar de enfrente del colegio. Aquella hazaña fue recordada durante largas generaciones de estudiantes y los profesores nos tomaron como ejemplo de lo que no se debía hacer.

Las gamberradas de mi banda no tenían fin, y por supuesto en el centro de todo me encontraba yo, Luis León, más conocido como L, el terror de mis enemigos y el sueño de todas las chicas. Como dice el cantante las chicas buenas prefieren chicos malos para soñar, y yo era el peor de todos. Los niños pequeños lloraban cuando me veían llegar y los mayores bajaban la mirada. Mis padres me odiaban, los profesores me odiaban, mis amigos me odiaban, todos me odiaban y con razón, porque yo también les odiaba a ellos.

Al cumplir los dieciocho años estrene la mayoría de edad estrellando el coche de Don Francisco el párroco del colegio contra un árbol. Aquello fue sonado y aunque mis padres estaban forrados de dinero la gracia les sentó como un tiro. Que se lo hubieran pensado antes de tenerme, ahora sólo les quedaba apechugar.

Pero si todo esto os ha parecido malo, esperad a saber lo que ocurrió cuando empecé a salir con Rosa Sánchez la hija del director. Rosa era una joven encantadora con una fama de buena, ganada con las malas artes, la mentira y el engaño, porque en el fondo era de la piel del diablo y por eso me resultaba tan irresistible. Imaginad lo que sucedió cuando unimos nuestras dos mentes malvadas para vengarnos del padre de Rosa.

El plan se gestó en la mente de Rosita, como la llamaba su mama, pero como no, encontró en mi la mano ejecutora. Juntos nos pasamos semanas recogiendo mierdas de perro, si, si mierdas de perro, como lo oís. Las almacenábamos en bolsas y las escondíamos en un parque que está detrás de mi casa. Era invierno, y el frío ayudó a que aquella acumulación no apestara mucho. Llegado el momento y con la materia prima recolectada, no sin sufrimiento, planeamos el día M. El viernes último día de clases antes de la semana blanca me levanté antes de la cuenta, para llegar el primero al colegio. El conserje, un tal Saturnino que me temía como a un nublado abría las puertas a las siete de la mañana, y hacia una ronda por el edificio revisando todas las aulas y dando las luces. Esto lo aproveché para infiltrarme con mi cargamento sin ser visto. Me deslice hasta la secretaría y me colé en el despacho del 'Dire'. Tengo que reconocer que el Picasso me quedó precioso y que no me dejé ninguna pared ni mueble sin pintar.

La vida junto a mi Rosa era maravillosa, juntos realizamos las cosas más bestias que os podáis imaginar, con la edad hemos mejorado y nuestras maldades se han multiplicado, nos encanta ser así, odiamos a todo el mundo y todos nos odian a nosotros. Si os soy sincero a Rosa la odio muchísimo y a vosotros mucho más.